
Extremadura tiene la fortuna de disponer de una de las riquezas más apreciadas: un elevado número de kilómetros de costa de agua dulce. La distribución de los dos grandes ríos extremeños, el Tajo y el Guadiana, sumando sus afluentes, hacen de la región una zona de recorrido hidrográfico importante. A este recorrer hidrográfico del terreno por los diferentes ríos se ha añadido, desde hace años, una continuada construcción de embalses o pantanos que han venido a paliar en parte las sequías, tan comunes en la Extremadura Meridional. | |
Casos de última creación son los ejemplos del monumental embalse de la Serena, uno de los mayores de Europa, y el de Alange, de una gran capacidad de almacenamiento. Lo que en un principio se construyó con el fin único de aprovechamiento hidroeléctrico o de abastecimiento para regadío, con el transcurrir del tiempo ha originado otras posibilidades de utilización más rentables y más utilizables a nivel comunitario. Costas dulces, que son las orillas de los embalses extremeños, donde se pueden realizar tanto actividades deportivas como otras de índole recreativas, rodeado siempre de una naturaleza generosa y exuberante. A la proliferación de deportes náuticos (vela, piragüismo, natación, pesca,etc.) se han ido sumando otras actividades de ocio y tiempo libre que van acrecentándose día a día, como el senderismo, surfing,etc. Que buscan como referencia lugares provistos de ese don que es el agua. Ya en época romana, la construcción de presas facilitó la traída de agua a las ciudades desde grandes distancias, obras éstas mejoradas en época de dominación musulmana. Basta recordar las presas de Proserpina y Cornalvo, cercanas a la capital lusitana Augusta Emérita, hoy Mérida. A los ya clásicos embalses de Orellana, Zújar, Cíjara, Alcántara, García Sola, Valdecañas o Gabriel y Galán, se van sumando desde hace pocos años otras construcciones hidráulicas, con destino al regadío de tierras o al consumo humano, sin olvidar la producción de energía hidroeléctrica. | |

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